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Fabulaciones de un turista perturbado. Sobre Boyando, de Alberto Rodríguez Maiztegui PDF Imprimir E-mail
Escrito por José Di Marco Universidad Nacional de Río Cuarto   

 

Fabulaciones de un turista perturbado. Sobre Boyando, de Alberto Rodríguez Maiztegui[i]

Resumen

Este artículo ofrece una lectura de Boyando, la novela de Alberto Rodríguez Maiztegui. Partiendo de las ideas de I. Michaud, quien caracteriza al turismo como la experiencia estética por antonomasia, se lee Boyando como un texto híbrido y, en este sentido, como una manifestación artística contemporánea que, no obstante, activa algunos elementos clave de la ficción narrativa (ironía, distanciamiento, autoconciencia) y fragua un periplo imaginario para discutir las supuestas virtudes culturales del turismo y afirmar la potencia de la escritura literaria como una experiencia irreductible.

 

Palabras clave

Estética, experiencia, postautonomía, ficción, escritura.

 

“Estoy en Quito, por poner un ejemplo emblemático, casi no conozco el barrio de San Vicente, la república de San Vicente a tan sólo treinta cuadras de mi casa.”

Boyando, p. 12

“En la narración, en el contar el viaje, estaba el lazo.”

Boyando, p. 46

1

Ives Michaud sostiene que el turismo es la actividad distintiva del presente, una práctica ligada al uso, al consumo y también a la administración del tiempo libre en el marco del capitalismo financiero, el multiculturalismo y la industria del entretenimiento a escala global. A diario, en todo el planeta, millones de hombres y mujeres se trasladan fuera de los límites de sus estados nacionales. Viajan, recorren, compran. Y, sobre todo, sacan muchísimas fotos: de paisajes naturales, de construcciones arquitectónicas, de trazados urbanos, de ceremonias y vestimentas. Bajo la mira de los dispositivos digitales, lo originario, nativo y local se torna exótico, extraño y extravagante. Se tiñe de un aura, paradójicamente artificial y construida.

Lo curioso –según la lectura de Michaud - es que el turismo se constituye en la experiencia estética fundamental de nuestra época: ocasión impar para el ejercicio del hedonismo, la distracción y el divertimento desinteresado y aparentemente improductivo. Si bien los tours y los cruceros internacionales incluyen visitas a museos y dictados de conferencias sobre historia del arte, cuando Michaud equipara el turismo a una experiencia estética lo hace para sintetizar la situación general del arte contemporáneo. Habla de la “vaporización” del mismo, subraya su falta de sustancia, remarca su estado gaseoso.

En el contexto de la contemporaneidad artística, la obra se desvanece, tiende a la desaparición. Así, sin obras de envergadura que provengan de la ejecución de técnicas específicas, sin objetos dotados de propiedades distintivas que requieran de una contemplación morosa y atenta, el arte contemporáneo se define, más bien, en términos de actitudes, posturas, experiencias y relaciones. Se ha vuelto –acentúa Michaud- relacional, interactivo y transaccional. Construye dispositivos, instala focos de percepción, propone experiencias intensas y voluntariamente efímeras, estados de desorientación y fluidez en los que el sujeto la pasa sencillamente bien[ii].

 

2

“Y ahí estaba yo, desencajado, escuchando la naturalidad con la que Tania narraba los cambios y los movimiento en masa de miles de turistas que iban de acá para allá, sin ningún problema,…” (pp. 17-18)

Boyando, la novela breve de Alberto Rodríguez Maiztegui, narra las peripecias de Alberto, un turista joven que deja transitoriamente Córdoba, la ciudad donde reside, para pasar diez días (con sus respectivas noches) junto al mar en las playas de Mompiche, un pueblito de pescadores ubicado en la ecuatoriana provincia de Esmeraldas. Ha previsto una brevísima escala en Quito, con la estricta intención de recorrer su centro histórico, antes de embarcarse rumbo a las arenas del trópico. Un alerta de terremoto y tsunami demora su partida y lo obliga a hospedarse por más tiempo del pensado en un hostel, del que saldrá tres días más tarde para alojarse en otro situado a pocas cuadras: “¿Qué iba a hacer yo? Iba para el mar, a ese pequeño pueblito al que sólo se llega por barco, en donde pensaba escribir la novela increíble que había planeado. ¿Qué iba a hacer yo con la malla [sic] que compré, la ropa de verano que traje, los pocos abrigos que no alcanzarían para el frío de Quito?” (Rodríguez Maiztegui, 2012: 16)

Alberto no sale de la capital de Ecuador. La invitación al viaje se constriñe a una serie  recorridos por las calles de la ciudad de Quito, dentro de los límites del barrio La Mariscal, donde visita el Parque del Ejido, el Hilton Colón y la Basílica del Voto. En uno de esos paseos se detiene a tomar una foto y cree que un tipo de pantalones marrones y ojos color violeta lo persigue para robarle; el susto le quita impulso para seguir investigando el cromatismo local: “Pensé en la foto, en la estúpida foto que saqué en la avenida Patria; también en la mochila, en el caminar despreocupado, en la pinta de japonés que debo tener cuando me muevo por una ciudad que no para ni paró porque yo llegué. Una ciudad que desconozco y me desconoce. Crucé el límite y quedé desprotegido.” (2012: 21)

Angustiado, enfermo, temeroso, Alberto se queda en el hostel; allí mira tv en la sala común, lee en su cuarto, asoma a la terraza, charla de fútbol con Jorge (el dueño) y de excursiones con Tania (la recepcionista). Impedido de salir a la calle, sopesa la posibilidad de devolver los pasajes y pegar la vuelta. Entre tanto, se contacta con otros turistas, europeos y argentinos. Conoce a Florencia y Alberto, una pareja de cordobeses. El encuentro lo lleva a pensar en las cajitas de Joseph Cornell, un artista norteamericano que construye bricolajes, portátiles y mínimos, con desechos que recoge al azar y amontona aleatoriamente, como si armara su biografía con las ruinas lacónicas de un pasado que se niega a desaparecer: “Me detenía en esos detalles porque no quería escuchar, varado como estaba en mi propia imposibilidad de moverme de mi nueva casa, de una ciudad con el movimiento de cualquier ciudad. Aferrado a mi nueva situación de comodidad con la poca gente con la que me sentía a gusto: Tania y Jorge y nada más.” (30)

Antes de partir, su homónimo y coterráneo le deja como regalo un libro de poemas de Charles Simic: “Alberto te dejó un presente, dijo Tania. ¿Y mi futuro? ¿Y mi pasado? ¿Cuál es el sentido del presente? Pensé en un mensaje cifrado.” (33) Alberto duerme 18 horas seguidas y, una vez despierto, toma la decisión que modificará el curso de la historia. Encallado y sin memoria, estacionado en la urbe ríspida de un país extranjero, afincado por obligación en las habitaciones o en los patios de los hostales donde se hospeda, Alberto vive en un presente continuo, habitando un territorio acotado pero propicio para vínculos breves y accidentales con otros turistas, europeos y argentinos.

En uno de tales encuentros (mientras charla con Joao, un productor y cineasta brasileño), Alberto comienza a inventar viajes y expediciones a diferentes lugares. Su imaginación de lector y cinéfilo, aplicada a los datos que recoge de folletos impresos y de sitios web, lo convierte en un viajero imaginario cuyo periplo de ficción se prolongará hasta el final de la novela, tornándose cada vez más excesivo y desopilante. Como si de verdad hubiera estado allí, los relatos de Alberto son eficaces y cautivantes; y si en ocasiones los afecta un poco de inverosimilitud, la existencia efectiva de los escenarios en que instala los episodios estrafalarios que simula vivir y su atención descomunal por los detalles justifican las incongruencias esporádicas de esas historias: “Joao me escuchaba, creía en lo que le contaba. Y me asusté de mí, de la naturalidad y el tono con el que narraba el viaje, el viaje que habían hecho Alberto y Florencia con detalles casi fantásticos, sin detenerme a considerar la veracidad de lo que contaba. También describí ciertos paisajes que había visto desde mi computadora en Córdoba, las fotos que había en los blogs de viajes o la página de turismo oficial de Ecuador. Inventé detalles de esas fotos, inventé gente con la que había hablado.” (39)

Al principio, cuando el viaje físico se ha vuelto imposible (y prima el sedentarismo inexcusable), la crónica aguzada, la reminiscencia puntual y la meditación tristona imponen sus tonos y motivos; y, luego, casi sin solución de continuidad, la invención deliberada suple al viaje y ella misma adquiere las variantes eufóricas y desatinadas del desplazamiento, la aventura y la fuga. El viaje permuta en un relato de viajes, deseados y/o ficticios, atravesado por pormenores minuciosos y viables cuya credibilidad impresiona y sobresalta a quien lo enuncia.

Sin embargo, Alberto es consciente de que sus habilidades narrativas no suplen la falta básica, su fracaso de turista. Dice: “Un día me levanté y quise conocerlo todo; todos los mundos posibles y eso sólo se volvió mi mundo imposible. No hay relación entre tiempo y espacio, no hay solución de continuidad, sólo dos rayitas verticales y paralelas.” (p. 80)  Esta reflexión parece amparar conceptualmente el giro agilísimo que toma la novela, una vez que Alberto asume que no hace falta viajar para narrar el viaje. Espacio y tiempo dejan de ser vías paralelas, dimensiones dispares e independientes; el límite de un espacio dado se rebasa por la proliferación de vectores temporales; lo imposible opera como un horizonte que aumenta la miríada de lo posible.

Así, permaneciendo en los hostels, Alberto recorre Ecuador sin moverse, gracias al vehículo de su imaginación que se expande en temporalidades múltiples y simultáneas inventando un continuo[iii].

El título de la novela remitiría, secuencialmente, a dos instancias de la historia que se cuenta, y cuyo núcleo es la imposibilidad de desplazarse, de recorrer, de identificarse con el rol del turista que fluye, gozoso e íntegro. Primero, boyando (ese gerundio inarmónico) designa un estado de fluctuación irritante, que conjuga angustia y ocio, disponibilidad casi absoluta y perpleja pesadumbre. Como no puede viajar, Alberto camina temeroso por una Quito amenazadora; observa, come, mira televisión, charla, duerme, lee. Se trata de un interregno que prepara la circunstancia propicia para la fabulación desaforada que vendrá después. Y al final, indica una consecuencia del desenfreno imaginario: boyando como la sensación placentera y atónita de mecerse.

Antes, Alberto ha concurrido a un cine club donde ve un documental sobre pescadores. La escena última del film muestra unas boyas que se balancean en el oleaje del mar. En esa imagen, de calma y silencio, el narrador protagonista encuentra una cifra de su condición incierta. En un texto que agencia su materia preferente de la notación de las vivencias de su narrador (reales y/o imaginarias), una imagen cinematográfica ofrece el punto de fuga que le permite a Alberto percibirse desde una perspectiva ajena, distanciada, y alcanzar una especie de iluminación culminante: “De noche pensé en todo eso, en el lugar que nunca estaría porque está todo más allá y mucho más allá. Las cosas pasan y uno sólo es ese fluir tropical y repentino, una breve interrupción que crea mundo y que, al mismo tiempo, pasa inadvertido.” (90)

La mediación simbólica provee un anclaje de sentido: la laxitud, el aburrimiento, la inoperancia, la paranoia, la fantasía y el delirio dejan de ser meros estados de ánimos que afectan la subjetividad de Alberto (vivencias pasajeras del autobiógrafo) y se constituyen en los bloques rítmicos y en los módulos temáticos que componen a Boyando como un continuo ficcional; el turista fallido ha mutado en escritor; el diario se transfigura en una novela.

 

3

Josefina Ludmer acuñó la expresión “literaturas posautónomas” para caracterizar una serie de escrituras latinoamericanas que forjan identidades territoriales y fabrican presente. Éstas intervienen en la imaginación pública produciendo un vaciamiento de sentido. Son y no son literatura. Pertenecen y no pertenecen a la ficción. Poseen y no poseen valor artístico. Invalidan –asegura Ludmer- las categorías de análisis e interpretación modernas en la medida en que cuestionan o, al menos, desconocen la idea de una esfera autónoma inherente a la práctica literaria. La ambivalencia, la hibridez, la indeterminación (política, estética, literaria) constituyen sus rasgos diferenciadores[iv].

Boyando se desplaza y varía de género y, al migrar, mezcla registros y tonos. Diario de viaje imaginario, crónica, autobiografía, ficción; el artículo de costumbres, el apunte etnográfico, las delicadas epifanías líricas, los sumarios alucinantes se suceden, aglutinan e integran. Si bien Boyando alcanza intensidad y altura singulares cuando su escritura se torna evidentemente poética (al punto de que el lenguaje consiste en mera sonoridad inconexa, y el texto se dispersa como un caligrama en el espacio de la página[v]), la hibridez, deliberada y contumaz, parece caracterizarlo como un texto inexcusablemente contemporáneo, un epifenómeno de lo que Ludmer denomina posliteraturas: escrituras que dialogan con el flujo raudo e impalpable del presente, produciéndolo.

Hay una escena en la que Lucía, una turista uruguaya, le pregunta a Alberto si el libro que está leyendo (la Trilogía de New York, de Paul Auster) es bueno. Él responde que sí. Ella le pregunta por qué. Y, aunque busque y rebusque en su memoria de lector citas de Borges para forjar una solución elegante y audaz, Alberto no puede construir un argumento que solvente su juicio, como si la pregunta acerca de las cualidades de un texto produjera un colapso conceptual inhibiendo cualquier tentativa de respuesta convincente. Se traslada al plano anecdótico una cuestión que se vincula con el estatuto mismo del valor literario; Boyando inserta en su despliegue acelerado una rugosidad de autoconciencia que concluye en un silencio.

En Boyando se fragua una parodia lúdica y ligera de las vivencias de un visitante descarrilado. Los tópicos de la desterritorialización y del nomadismo encarnan, más que empleos estratégicos del placer y la diversión, gratas ocasiones para una deriva cool, modos concretos del malestar físico y (sobre todo) emotivo. La ficción activa sus efectos estéticos al distanciarse del clima festivo que supondrían el viaje y el exotismo. Y así, se constituye en un texto que desmantela los lugares comunes del discurso que entroniza la figura del turista como un emblema cabal de la estetización generalizada de la existencia[vi].

Introduciendo un enfoque receloso y mordaz, Boyando trata la estadía en el extranjero como una experiencia de extrañamiento, de vacilación y pérdida de la propia identidad. La inconstancia de esa situación favorece el despliegue de la literatura como una potencia heterogénea que coloca en primer plano el desvarío, la angustia y el pánico[vii]. Los no-lugares (esos sitios adventicios donde un peregrino halla residencia y descanso provisorios) se convierten en una zona de intermitencia y desarraigo. El esparcimiento se enrarece y altera; la fluidez y el gozo se atascan, adensan y traumatizan.

En una época en que predominan las migraciones masivas, la diáspora y los asilos temporarios y cambiantes, el turismo aparece como una distorsión del viaje; para el prisma que Boyando instaura, viajar, en tanto que un anhelo de contacto con lo diferente y autóctono, deviene un fraude, un simulacro que la literatura revela y amplifica, desnuda y transfigura en una forma móvil, híbrida y plural.

 

4

Boyando no se limita a contar las frustraciones de un viajero inexperto y bastante apático que elige un tono zumbón y sagaz para dar cuenta de su estadía incómoda en tierras lejanas. Además de conocer el mar ecuatoriano, Alberto quiere escribir una novela con los apuntes de su itinerario, anhela transformar el registro de sus peripecias de turista en materia novelística. Boyando se incluye dentro de ese conjunto variopinto de textos que narran la conversión de su narrador-protagonista en escritor y de los lectores en testigos azorados de la (auto) construcción de un texto.

El comienzo de la historia lo ubica en un avión, apunado en clase turista, tomando notas en los márgenes de la Trilogía de New York. El libro de Auster funciona como el soporte físico de la escritura de Alberto, un sustituto de su libreta de apuntes. Entonces, al principio, escribir en el margen no es otra cosa que ocupar con letras manuscritas las franjas vacías de un volumen impreso para gestionarse un espacio afín a la propia escritura.

En tanto que lector, Alberto sigue la pesquisa delirante de Quinn por las calles neoyorkinas, un itinerario que va dibujando la intrincada fisonomía de un yo que tiende a la pasividad y a la disolución. O se detiene, posteriormente, en las investigaciones de Blanco, igualmente equívocas y alienantes[viii].

Como proto-escritor, Alberto hallará en la quietud y en un territorio incómodo el combustible para su escritura. La imposibilidad de moverse favorece el despliegue de lo novelístico: novelar, entonces, habrá de consistir en dejar atrás los márgenes del libro de Auster para transfigurar el registro de una experiencia fallida en un impulso a favor de la invención desmesurada. De Auster se conserva la premisa de usar la retórica del policial para deconstruir el género desde adentro y producir moldear un relato que inscribe, en el derrotero de una búsqueda enredada, los trastornos y la disgregación de la propia identidad.

Boyando es el producto de un pasaje, sutil e imperceptible, que va de la lectura a la escritura, de la experiencia a la ficción, de la vida al arte de escribir[ix].

5

Boyando se cierra con una escena similar a la de su apertura, trazando una simetría rara. Desde el avión, mientras regresa, Alberto se ve a sí mismo en la playa; experimenta, al fin, la postergada sensación de dejarse tomar por las aguas del océano. Ahora, sí, flota. Goza. Fluye. Boyar ya no se asemeja a un estado de indefensión y soledad. Es un placer suave, disoluto y libre.

Se hizo necesario marcharse, emprender el regreso, para estar allí, mecido por el mar, en el nudo sensitivo y mudo del deseo. Este desenlace fantástico – que remeda el de “La isla a mediodía”[x], un cuento de Julio Cortázar- en que la identidad se desdobla, funciona como una garantía del sentido. Las preguntas motivadas por el desasosiego –“¿Qué hacía yo ahí? ¿Qué es un viaje? ¿Por qué tanto tráfico?” (74)- obtienen una respuesta.

Hay algo residual y fuertemente activo en Boyando: la creencia de que la literatura sigue siendo una apuesta por la construcción de un espacio autónomo, cercano y, la vez, diferente y antagónico respecto lo real[xi]. Boyando establece un espacio de tensiones irresueltas en las que se construye como un texto provisto de una inteligencia grácil y perspicaz. Ejecutado al modo de un diario de viaje, como una transcripción casi simultánea de las experiencias que afectan a su autor, es, sin embargo, un texto por el que la literatura alta circula conforme la práctica de la lectura que aquél ejecuta. Auster, Simic, Borges: una serie de apellidos pesados, señales lapidarias de que la literatura se hace presente para que la escritura encauce el flujo vertiginoso y maniático de las vivencias particulares y contingentes.

Rodríguez Maiztegui ha escrito una novela de imaginación profusa, que parodia las pautas constructivas del diario de viaje y las inflexiones de la narración autobiográfica. Ensayando una suerte de etnografía acerca la permanencia en los hostels, retrata las peripecias de un turista accidentado para afirmar que los nexos entre la literatura y la vida son indiscernibles y enmarañados. En ella, la escritura misma adquiere el valor de una experiencia singular, soberana e insustituible. Frente a las expectativas equívocas que el turismo despierta y la fascinación estética que parece teñir de ingravidez y fruición todas y cada una de las prácticas sociales, en Boyando el arte de escribir se presenta como lo genuinamente contrario de la infelicidad.

 

Referencia Bibliográficas

Aira, César: Copi, 2003 (primera reimpresión), Rosario, Beatriz Viterbo Editora.

Auster, Paul: La trilogía de Nueva York, 1987, Barcelona, Anagrama. Traducción: Maribel De Juan.

Cortázar, Julio: Cuentos completos/2, 2004, Buenos Aires, Punto de Lectura.

Ludmer, Josefina: Aquí América Latina. Una especulación, 2010, Buenos Aires, Eterna Cadencia.

Michaud, Ives: El arte en estado gaseoso, 2009 (primera reimpresión), México, Fondo de Cultura Económica. Traducción: Laurence le Bouhellec Goyumar.

Ranciére, Jacques: El reparto de lo sensible. Estética y política, 2009, Santiago de Chile, LOM ediciones. Traducción: Cristóbal Durán, Helga Peralta, Iván Trujillo y Francisco de Undurraga.

Rodríguez Maiztegui, Alberto: Boyando, 2012, Córdoba, Caballo Negro Editora.

Speranza, Graciela: Fuera de campo. Literatura y are argentinos después de Duchamp, 2006, Barcelona, Anagrama.

Vattimo, Gianni: El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura contemporánea, 1986, Barcelona, Gedisa.

Williams, Raymond: Marxismo y literatura, 2009, Buenos Aires, Las Cuarenta. Traducción: Guillermo David.

 

Notas

[i] Boyando es la primera novela de Alberto Rodríguez Maiztegui (Buenos Aires, 1983). Fue finalista del “Premio Indio Rico: Diario de Viaje Imaginario”.

[ii] Señala Michaud: “Esta búsqueda de una experiencia en la uno ‘está bien’, que fluye y se desliza, acerca la experiencia del arte a todas las otras en las que, de manera metafórica o no, el individuo busca hoy en día un mundo sin roce, sin ataduras, protegido y terso, un mundo en el que todo se desliza sin pesar.” Cfr. “La demanda estética: hedonismo, turismo y darwinismo” (2009: 141)

[iii] La noción de continuo es un elemento clave de la poética del relato de César Aira. Abarca la simultaneidad de los tiempos de la enunciación y el enunciado, la rapidez del relato y la confluencia de elementos heterogéneos en el plano de la historia. Al respecto, ver: César Aira (2003: 51-53) y Graciela Speranza: “César Aira, literatura ‘ready made’” (2006: 303-306).

[iv] Cfr. Ludmer, Josefina: “Identidades y fabricación de presente” (2010: 149-156). Por Google se puede acceder a una versión anterior del artículo.

[v] Remitimos a la página 85 de Boyando.

[vi] Cfr. Vattimo, Gianni: “Muerte o crepúsculo del arte” (1986: 49 – 59).

[vii] Jacques Ranciére esgrime la expresión “potencia heterogénea” para caracterizar el régimen estético de visibilidad de las artes: “Este sensible, desligado de sus conexiones ordinarias, es habitado por una potencia heterogénea, la potencia de un pensamiento que se ha vuelto extranjero a sí mismo: (…). Esta idea de un sensible que se ha vuelto extranjero a sí mismo, es el núcleo invariable de las identificaciones del arte que configuran el pensamiento estético…” (2000: 24-25).

[viii] La trilogía de Nueva York reúne tres relatos largos: “La ciudad de cristal”, “Fantasmas” y “La habitación cerrada”. Daniel Quinn es el personaje central del primero, mientras que Blanco es el apelativo del protagonista del segundo de ellos. Ver Auster, Paul (1986).

[ix] “El continuo no es un tema novelesco sino la creación de un pasaje entre la novela escrita y el trabajo de escribirla. Casi podríamos dar una definición: ‘Novela es lo que se hace para colmar lo que hay entre en el texto y el trabajo de escribirla.” (César Aira, 2003: 53).

[x] Ver Cortázar, Julio: Todos los fuegos el fuego (2007).

[xi] Cfr. Williams, Raymond: “Dominante, residual y emergente” (2009: 165-174).